Las últimas semanas fueron duras, y me refiero sobre todo a nivel físico. Apenas podía caminar, entre la pesadez de la barriga, el consumo de energía que tenía y la hinchazón de piernas. Con Ares mi embarazo acabó a las 38 semanas de gestación sin apenas sufrimiento, pero en este segundo embarazo, tomé la decisión de llegar hasta final de término con la esperanza de tener un parto vaginal y la espera tuvo su recompensa.

El pasado 15 de octubre, cuando se cumplían 40 semanas + 2 días empecé a tener contracciones a las 4:00h. Supe que me iba a poner de parto a la cuarta contracción, ya que venían exactamente cada media hora y duraban poco menos de 2 minutos. Así que a las 6:00h desperté a Albert para decírselo. Ares dormía con nosotros.
Yo intenté mantener la calma en todo momento, pero de repente me vinieron un montón de cosas a la cabeza que tenía que dejar listas: recoger la cocina, preparar la bolsa con ropa para Ares durante los días que estaría con sus abuelos, enviar unos últimos correos de trabajo, cargar la batería de la cámara… No sabía cuánto tiempo estaría ingresada en el hospital, así que me entraron unas ganas locas de dejarlo todo listo.

Aproveché para enviarle un whatsapp a mi comadrona diciéndole que llevaba un par de horas con contracciones, y ella me dijo que me tomara un Gelocatil y un yogur y que le avisara en las siguientes 2 horas de cómo iba la cosa.
Esta vez decidí tener a mi bebé en el Hospital Quirón, dada la mala malísima experiencia que había tenido durante mi primer parto en la Clínica Corachán.

Y a las 9:00h empezaron a venir las contracciones cada 10 minutos.

Y a las 10.30h ya venían cada 5-6 minutos. Estaba yendo todo rapidísimo.

La comadrona me dijo entonces que a las 12:00h fuera a hacerme monitores al hospital. Así que me duché, esperé a que vinieran mis padres a buscar a Ares y cogimos la canastilla. Y sí, nos hicimos la rigurosa foto de ascensor, la última con barrigota.

Llegué al hospital ya muy dolorida. Llevaba 1 hora y media teniendo contracciones cada 5 minutos y cada vez eran más intensas. El dolor empezó a bajarme a los riñones. Los monitores acabaron de confirmar la evidencia, que estaba de parto. La ginecóloga me hizo un tacto y me dijo que estaba dilatada de unos 4cm y que fuéramos a hacer el ingreso inmediatamente. Y a partir de aquí todo se desenvolvió muy rápido. Hacia las 13:30h entré en el box sin poder quitarme el anillo de casada y quedamos a la espera de la anestesista que tardó más de lo que hubiera deseado. Para entonces, tanto mi ginecóloga como la comadrona empezaban a poner caras de impaciencia, ya estaba teniendo contracciones cada 3 minutos y mi cuerpo empezaba a sentirse extasiado, tanto, que cuando acababa cada contracción, me parecía que iba a caer dormida. segundoparto Me hicieron poner en posición de poner la epidural, sentada al borde de la cama, y en este punto tengo que decir que eché de menos disponer de “ayuda” natural para paliar el dolor. Había visto que en otros hospitales disponían de telas para tirar, por ejemplo y hacer fuerza, sin embargo allí lo único que tenía eran los brazos de mi marido que sufrieron todo tipo de apretones y pellizcos sin protesta alguna. Cuando vino la anestesista tuvo muchos problemas para colocarme la epidural, por alguna razón que nadie me explicó, no encontraban la manera de colocarla correctamente y lo intentaron varias veces. Éste fue, sin duda alguna, el momento más incómodo y doloroso de todos. Me tenían prácticamente inmovilizada y cuando llegaba la contracción apenas podía moverme. También en este momento hicieron salir a Albert del box y eso me inquietó aún más. Sigo sin saber por qué tardaron tanto, pero finalmente, hacia las 15:00h me tumbaban en la camilla, hacían entrar de nuevo a mi marido y me pedían que empujara. Fue en ese mismo momento cuando yo ya dejé de sentir las contracciones y ellas me avisaban de cuándo venía la contracción y tenía que pujar. Fueron un total de 3 pujas y a la cuarta tiraron de episiotomía (5 puntos). Hubiera deseado no tenerla (era lo que más temía), pero parece ser que en ese momento era necesaria, de lo contrario hubiera sufrido un desgarro incontrolado o el bebé habría sufrido más de la cuenta. Así que en esos momentos dejé que los médicos tomasen la decisión más adecuada y sin darme ni cuenta, mi pequeño ya estaba sobre mi pecho, piel con piel, maravilloso, caliente y con ese color tan particular que tienen los bebés al nacer. Ese momento tan mágico que no tuve con Ares pero que duró tan poquito… Ojalá no me lo hubieran quitado tan rápido para limpiarle, a mí no me importaba que estuviera lleno de sangre, pero me dijeron que tenían que aspirarle no sé qué y a mí me fueron cosiendo y “limpiando” la zona… siento no ser precisa pero en esos momentos estaba tan exhausta que no presté demasiada atención a lo que me decían. No podía dejar de ver a mi bebé.

Creo que fueron unos 4 ó 5 minutos lo que tardaron en volver a colocarlo sobre mi pecho y de ahí a la habitación juntos. Esto era justo lo que no pude vivir con Ares por culpa de la cesárea. Nos subieron a planta juntos y disfrutamos de unos momentos mágicos los 3 juntos. Unos momentos que tampoco pudimos disfrutar cuando nació Ares y que vivimos muy intensamente, hasta que hacia las 17:00 entró el pediatra para llevárselo y hacerle unas pruebas al bebé.

En los próximos posts os contaré qué pasó durante las siguientes horas, la salida del hospital y cómo está siendo la recuperación…