No es que mi hijo tenga miedo al ruido, sino que tiene auténtico pavor. Y esto no es algo extraño sino todo lo contrario, es más común de lo que imaginamos.

Por desgracia para nosotros (admito que a mí tampoco me gustan demasiado aunque nunca me hayan dado miedo), en la mayoría de festividades populares tenemos que recurrir a ellos: los dichosos petardos. Vivimos en un país bastante ruidoso (y lo digo con conocimiento de causa después de haber vivido en otros dos países diferentes) así que no nos queda más remedio que buscar remedios hasta que encuentren el momento para superarlo.

Intento recordar si ha habido algún capítulo traumático a lo largo de su vida, o simplemente en qué momento exacto empezó a temer este tipo de ruidos y me surgen varios momentos claves.

  1. Con menos de un año, recuerdo que lo llevé a una inocente babyshower entre amigas. No fui consciente de que mi hijo estaba aterrorizado hasta que empezaron los aplausos. Se calmaba en cuanto paraban pero luego volvían de nuevo.
  2. Con un año y medio presenció un simple espectáculo al aire libre, la banda de música (tipo charanga o batucada) incluía baterías, trompetas y bombos. No conseguimos llegar al segundo acto.
  3. A pesar de que le encanta el fútbol, se nos ocurrió presenciar un partido importe en un bar. Aún recuerdo aquel mal trago cada vez que gritaban un gol.
  4. Durante las fiestas locales en las que hay “correfocs” (muy típico aquí en Cataluña) o fuegos artificiales, impensable presenciarlo, ni de lejos.
  5. Y ya no hace falta que os diga lo mal que le hacen sentir petardos, bombetas, bengalas, globos y cualquier cosa que “pete” o saque chispas. La verbena de Sant Joan es nuestra auténtica pesadilla.

En un primer momento pensamos que enfrentarle a ello (la llamada terapia de choque) haría que se diera cuenta de que no era para tanto y podría superarlo. Su padre le compró “bombetas”. Pero creedme que no funcionó. Y lo ha intentado de nuevo este año, pensando que ahora que es más mayor y entiende mejor los conceptos, ya no se sentiría tan mal. Pues error, nada ha cambiado con respecto al año pasado.

Su reacción es de auténtico terror. Empieza a acelerarse, a hiperventilar, se tensiona y busca refugio en mamá o papá. Llora desconsoladamente y nos pide irse a casa, ese es su único consuelo, llegar a casa. Ni siquiera nos sirve el verlo desde la distancia. Pero sus antecedentes nada tienen que ver con esta actitud. Ares es un niño muy poco quejica y muy poco llorón con lo que este tipo de reacciones aún nos las tomamos más en serio.

También hemos intentado presenciarlo a través de una pantalla en forma de vídeo, cómodamente desde el sofá de nuestra casa. Pero no tiene el mínimo interés y pide cambiar rápidamente el canal.

Así pues, hemos decidido que no le haremos pasar un mal trago. Siempre que esté en nuestras manos, buscaremos una alternativa para que él solito encuentre el momento de superar este miedo y básicamente evitar las situaciones molestas.

Otra solución preventiva es llevar siempre unos auriculares canceladores de ruido y en cuanto encontremos una situación incómoda para él, ofrecérselos para que le transmita calma. No es la solución pero ayuda.

Nosotros compramos este modelo de Reductores de Ruido Kid en Tutete.com, pero creo que ya no los venden. En redes sociales me habéis preguntado mucho por él, así que os dejo el enlace que he encontrado en Amazon por si os interesa y os puede sacar de un apuro.

¿Vuestros hijos también temen a los ruidos fuertes?