Es la primera prueba “importante” que te realiza el ginecólogo para determinar si puede encontrar alguna posible alteración genética en el feto y se realiza durante el primer trimestre.

Lo bueno es que es una prueba no invasiva y por tanto totalmente indolora. Consiste en analizar una muestra de sangre y compararla con una serie de mediciones que realizará el doctor al feto a través de la pantalla en el momento de la última ecografía, especialmente en la zona de la nuca.

Lo malo, que no es una prueba concluyente que ofrezca un diagnóstico, sino que mide un índice de riesgo para determinadas alteraciones cromosómicas como Trisomía 21 (Síndrome de Down), Trisomía 18 (Síndrome de Edwards) y defectos del tubo neural.

No voy a mencionar los baremos ya que eso le tocaría a un experto en la materia, además influye mucho la edad, peso y raza de cada mujer.
En cualquier caso, si los resultados son más bajos de los que se sugieren, entonces te aconsejarán que realices una amniocentesis, una prueba que sí que es envasiva y comporta un riesgo de aborto, pero que te da información preciada sobre el feto que muy pocas pruebas pueden ofrecerte. Eso sí, si tienes más de 35 años o antecedentes de alteraciones genéticas en tu familia, no te asustes si tu médico te aconseja que hagas esta prueba sí o sí.

Yo, siguiendo el consejo de mi médico, he decidido que no me haré la amniocentesis dado que los resultados de mi test han sido bastante favorables. Pero a las que sí que tengáis que pasar por ese proceso, os deseo muchos ánimos y mucha fuerza. Hoy en día, ya no hay tantos motivos por los que preocuparse y debemos confiar en los profesionales.