Para los que seguisteis con atención nuestro viaje por Croacia, seguramente os quedasteis con las ganas de ver la última parte del viaje, la más relajada. Y así fue como dejamos para el final la costa dálmata, no sin antes pasar por el parque Nacional de Krka.

Para visitar esta parte del país, decidimos hacer base en la zona de Trogir. Encontramos un apartamento super chulo, con piscina y espacio exterior para los niños a un precio muy asequible y la atención de la dueña, Dubravka, fue excelente. Volvería con los ojos cerrados. Aunque quedarse en Okruj Gornji (la parte de la bahía más cercana a Trogir) tiene una parte buena, que es la tranquilidad de la zona, las vistas, los precios más reducidos… y una muy mala, la entrada y salida por el puente de Trogir, que es un completo caos. Un recorrido de 6km puede costarte casi 1 hora, así que tenlo en cuenta cuando tengas que coger el avión de vuelta.

Cuando viajamos, nos gusta dedicar parte de nuestro viaje a visitar algo de naturaleza. Somos de playa y nos gusta la playa, pero también nos sienta bien perdernos entre bosques, ríos y cascadas. Así que como descartamos ir a visitar los famosos lagos de Plitvice (aparentemente muy recomendables, pero nosotros los descartamos por su ubicación y por la dificultad de visitarlo en sillita de paseo). El Parque Nacional de Krka nos quedaba relativamente cerca (a 1 hora de Trogir) así que hicimos una excursión de día.

 

El parque es una belleza. Para ver las cascadas tienes que coger un barco que sale cada media hora. Había leído que había mucho turista, pero la realidad superó cualquier expectativa. Lo cierto es que la zona está demasiado masificada y no puede apreciarse tal belleza. Incluso para hacer una foto o para darte un baño tienes que ir abriéndote camino prácticamente a codazos. Fue un poco desagradable, desde luego no es el turismo que a mí me gusta. Dicen que están planteándose limitar la entrada, pero hasta que no lo hagan, lamentablemente resulta un escenario penoso.

De regreso a casa quisimos hacer una parada por Primošten, un pueblecito costero rodeado de mar cristalino (el agua turquesa es tentadora hasta que metes un pie y te quedas congelado) y de aspecto medieval que a mí me cautivó. Solo estuvimos un rato, pero subí a lo alto de la iglesia para ver el cementerio más bonito que he visto hasta la fecha. Desde luego, creo que es un privilegio poder tener un espacio en ese lugar. ¡Menudas vistas!

Como los niños se nos durmieron en la silla, (ya sabéis que llevamos la sillita doble Phil&Teds cuando viajamos), fue una visita bastante fugaz y volvimos a coger el coche para regresar a nuestro apartamento, pero no sin antes dar un paseo por las preciosas y angostas calles de Trogir.

Y una parada obligada al mercado, que aunque es un poco caro, tiene un encanto único. A mí personalmente me encanta visitar los mercados, y éste en concreto tiene frutas buenísimas (compramos un racimo de uvas enorme) y productos autóctonos y artesanos como miel, licores, quesos, etc.

Todos los cascos viejos de las ciudades costeras dálmatas guardan muchas similitudes. Dubrovnik es quizás la más espectacular y la más grande, pero estos pequeños pueblos costeros no se quedan atrás. Me quedé con las ganas de ver también Šibenik pero apostamos por conocer los pueblos más pequeños confiando en que estarían menos masificados.

Y dejamos para el final Split y verlo con calma junto a nuestro amigo croata Petar. Él nos hizo de guía mostrándonos el centro histórico y llevándonos a comer comida tradicional. Gracias a él hasta pudimos tener una foto de pareja en condiciones.


Me sorprendió porque no me la había imaginado tan bonita y aunque durante la mañana es una ciudad acaparada por los visitantes de cruceros (lo mismo pasa en Dubrovnik) me quedé con las ganas de pasar más tiempo y descubrir nuevos rincones de la ciudad. Vamos, que fue una visita demasiado fugaz.

 

No recuerdo el nombre del restaurante pero estaba en el puerto deportivo de Lučica, una zona muy poco turística pero con una cocina y vistas espectaculares. Comimos un arroz negro buenísimo y una parrillada de carne que ñam… y aprovechando que estábamos tan cerca, subimos al monte Marjan desde donde puede verse toda la ciudad y tener unas fotos de postal.

La visita a Split fue corta pero intensa. Nos hizo un día precioso de sol y nuestro amigo Petar fue un anfitrión de lujo. ¡Qué importante es tener amigos en todas las partes del mundo!

La única “pega” que le veo a este tipo de lugares es que están muy concurridos de turistas, pero es lo que tiene viajar en estas fechas (principios de septiembre). No quiero ni pensar cómo estaría los meses de julio y agosto.

Y como nos queríamos tomar los últimos días con calma y bien relajados, descansando de todo el ritmo que habíamos estado viviendo en días anteriores visitando sitios, conduciendo, caminando… no pudimos decidir mejor que pasar nuestro último día de vacaciones en la playa de al lado de nuestro apartamento. No nos hizo un día muy bueno pero también tenía su encanto ese cielo encapotado.

Y la guinda del pastel fue disfrutar de un precioso atardecer en familia. A Ares le encantó vivirlo con nosotros y contar los segundos que tardaba el sol en esconderse. Fue un momento único que siempre recordaremos.

Y si habéis llegado hasta aquí y queréis vernos en acción, os dejo este vídeo resumen de todo lo que os he ido narrando.

¡Espero que os guste! Gracias por seguirnos en nuestras aventuras.